Medicamentos satánicos

Diana Romero
4 min readMar 31, 2021

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-Hubo un medicamento que probamos con mi psiquiatra, el bupropión, que me produjo una cosa llamada globus hystericus.
-¿Qué? ¡Pero ese es el que estoy tomando ahora!
-Agh, medicamento satánico.

Imagen referencial tomada de Pixabay

Así iba una conversación que tuve con una amiga hace más o menos un mes. Otra amiga que, al igual que yo, sufre un trastorno mental de diferente denominación, causa, etiología y sintomatología. Estoy rodeada de estas personas. Dicen que “your vibe attracts your tribe” y pues al parecer yo vibro alto en frecuencia farmacológica.

(Tengo tantos años explorándome la cabeza y leyendo prospectos que hablar como médico me sale medio natural)

Escribo esto mientras siento que tengo al buque Ever Given atravesado en el Canal de Suez de mi garganta y a todos sus containers descargados sobre mi pecho. Lo siento desde hace algunos días, poco después de que comencé con el bupropión.

Esta sensación de tener un bulto o algo metido en la garganta se llama globus faríngeo, globo histérico, bolo histérico o globus hystericus, así como le dijeron a mi amiga. El hecho es que está histérico, no hay duda de eso y que es parte de los cientos de efectos secundarios que causa la medicación psiquiátrica con la que convivimos nosotros, estos seres “especiales” a los que la vida nos escupió al mundo con el cableado cerebral incorrecto.

Me ha pasado de todo un poco: he ganado peso, he sufrido reacciones cutáneas muy fuertes similares a la varicela -rasquiña incluida-, he perdido mucho cabello, he tenido migrañas, problemas estomacales, alguna vez me empezó a brincar el músculo de una de mis piernas simplemente porque sí, además de las pesadillas incoherentes, recurrentes y agotadoras.

El período de adaptación química por el que pasa el cuerpo entre cada ajuste de dosis hasta dar con la correcta es otra parte de esos efectos adversos sin mencionar el sueño en niveles incomprensibles -me he quedado dormida de pie, en el teclado de la computadora, en el baño-, el desgano y la alienación emocional que producen algunas medicinas. Químicos para ser feliz, pero ¿a qué costo?

Dice el internet que hoy, 30 de marzo, es el Día Mundial del Trastorno Bipolar. La fecha se estableció el día del nacimiento del pintor postimpresionista Vincent Van Gogh, quien también era bipolar, o “maniaco-depresivo”, como se solía llamar antes al trastorno.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, el trastorno bipolar afecta a alrededor de 45 millones de personas en todo el mundo. No es mi monstruo, pero lo conozco de cerca. Y conozco también algunas de sus armas. Gran parte de mi protocolo medicamentoso es el mismo que utilizan los pacientes con bipolaridad, como por ejemplo, los estabilizadores de ánimo: unas pastillitas blancas/amarillas que te mantienen en la mitad de la paleta de colores. Ni muy fuscia ni muy pastel. Rosado estandar. Rosado “normal”.

Es que verán, sin la pastillita blanca/amarilla es muy fácil volverse irritable, estar constantemente exaltada, no poder dejar de hablar (o de twittear), sentir que a una la consume el fuego apasionado de la existencia y la autoconfianza, para luego, desde ese pico, caer al precipicio de la miseria, de la inseguridad y del odio por uno mismo. Esa misma persona capaz de todo el lunes no puede hilar dos párrafos con sentido el miércoles. Con suerte podrá levantarse de la cama. Suena exagerado, pero tristemente no lo es.

Y una, obsesiva y terca, que no quiere depender de nada ni de nadie, siente una punzada en el alma y un mal sabor en la boca cada vez que recuerda que depende de un puñado de fármacos para funcionar.

Existen temporadas oscuras. Días de cansancio en los que decido rebelarme contra los medicamentos satánicos. En esos días de abstinencia suelo sentirme más vieja. Miro mi cara en el espejo y es como ver un mapa antiguo, marcado y amarillento, un mapa con dientes. Estiro mis párpados, ausculto con minuciosidad mis ojos. Ahí están mis ojeras de siempre, mis arrugas emergentes, la trampa de mi nariz, pero yo no estoy allí.

Hay un fragmento de una canción de Regina Spektor que a veces repito como un mantra:

I’m the hero of the story
Don’t need to be saved.

Pero la verdad es que sí necesito ser salvada. Un héroe. Una heroína. Yo. Me necesito. Y a veces la medicación es como un bus fuera de ruta que me deja en medio de la nada, lejos de mi.

Tan lejos que en ocasiones temo no alcanzar a rescatarme.

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Diana Romero

Periodista con curiosidades varias.